El mercado

Llego al puesto de la fruta a comprar unos aguacates, una berenjena, dos calabacines y un racimo grande de uvas.

El mercado es una fuente inagotable de sabores y de saberes. No hay día que, cual manojito de perejil, no me traiga de propina algún consejo, alguna buenaventura o una lección de vida, así, a de gratis. Otros van al coach, yo soy más de mercado de abastos.

Hablaba Carmen, la tendera de treintaypocos: carnes duras por la edad, unos genes generosos y bastante gimnasio; y corazón blandito. Hablaba con Don Joaquín, un contable jubilado de los que se hicieron buenas migas con las calculadoras pero fueron barridos por el ordenador, carnes blandas por las 80 primaveras, corazón duro por la misma razón. Que vive en Victor de la Serna en un cuarto con ascensor. Hablaban probablemente de un tercero relacionado con ella, no puedo estar seguro, yo lo pillé de refilón. Y la frutera, con una dignidad que para sí quisieran muchos mariscales de campo llenos de honores y medallas le espetó:

—Y yo para sufrir… va a ser que no.

Diantres, qué alarde de puntería. Me dejó descolocado. Yo no era capaz de retomar la lista de los mandaos y Don Joaquín no tuvo más escapatoria que cambiar de conversación. Vuelvo a casa con la berenjena, los calabacines, las uvas, las uvas, las uvas… algo se me está olvidando y esa frase en la cabeza. Y yo para sufrir… va a ser que no.

Da gusto ir al mercado.

Cuando no escuece, da gusto.

 

 

Publicado en a2manos el 29 diciembre 2008

Llueve

Tengo la vida como el dormitorio: amplio, buena vista… pero con algunas goteras.

Me gusta que llueva.

Por el olor, por la cadencia, por la luz tamizada… y me gusta porque con ella, con la lluvia, se disimulan mejor las melancolías. “No, no me pasa nada: es el tiempo”.

He estado tres días sin conexión a internet. Una desgracia minúscula, casi una suerte.

Es noche cerrada. Se oye llorar a una mujer en la calle. Varias vecinas nos asomamos abriendo una rendija indecorosa en las cortinas. No veo a la mujer porque las ramas de la acacia la tapan, sí se ve al hombre. Está tranquilo, vuelve al coche obedeciendo las súplicas de ella: “ven conmigo, por favor”. Suben ambos y se van. Vuelve el silencio, se cierra otra vez la noche y las cortinas. No suelen oírse llantos de mujer en esta calle, ni de hombre ni de nada. Lo más un maullido desesperado de un gato salido. Y ladridos de perros y alguna trifulca conyugal: “¡Cómo te atreves a venir así, como una cuba. La próxima duermes en la calle”. Dos casas calle abajo.

No, no pasa nada: es el tiempo.

Reedición: Publicado en a2manos el 15 nov 2005

Biblioteca

Tengo por biblioteca unos cuantos estantes.

No hay muchos libros, la verdad. Hay en cambio un montón de huecos.

Los huecos son de libros que nunca volvieron. También hay huecos de libros que me prestaron y después retorné a su dueño.

Entré los libros que presté y los que me prestaron tengo una extensa biblioteca de huecos. La contemplo de vez en cuando y me deleito en esos libros saboreados, compartidos… y pienso que quizá lo mejor de los libros sean esos espacios, los lugares que un día llenaron, en la estantería, pero sobre todo en nosotros mismos.

Reedición, este post fue publicado en a2manos el 11 de noviembre de 2005

¿Raro?

En un tiempo pretérito y bastante indefinido: Yo satisfice, tú satisficiste, él satisfizo, nosotros satisficimos, vosotros satisficisteis y ellos satisficieron.
En un futuro impreciso: yo satisfaré, tú satisfarás, él satisfará, nosotros satisfaremos, vosotros satisfaréis y ellos satisfarán.

Siempre y cuando se dieran las condiciones necesarias: yo satisfaría, tú satisfarías, él satisfaría, nosotros satisfaríamos, vosotros satisfaríais y ellos satisfarían.

Ojalá yo satisfaga, tú satisfagas, él satisfaga, nosotros satisfagamos, vosotros satisfagáis y ellos satisfagan.

Si yo satisficiera o satisficiese, tú satisficieras o satisficieses, él satisficiera o satisficiese puede que nosotros satisficiéramos o satisficiésemos, vosotros satisficierais o satisficieseis y puede que también ellos satisficieran o satisficiesen.

No es que sea raro, es que este verbo lo usamos poco.

 

reedición. Publicado en a2manos 10 Dic de 2005

La Cautela

 

—Papá, ¿y esto es la playa?

—Sí, hijos, hemos venido hasta aquí para que vierais la maravilla que es el mar.

—…

—…

—¿Y no podemos acercarnos un poco más?

—Puede ser peligroso.

—Es que yo no veo nada.  —Yo tampoco. —Yo tampoco.

—Es porque está la marea baja, en cuanto suba podréis verlo.

—¿Tú estás seguro de que se va a ver?

—Claro, he comprobado la tabla de mareas.

—Jo, papá, a mí me gustaría acercarme más.

—Hijo, las briznas de hierba tenemos una capacidad motriz muy limitada, podríamos morir toda la familia.

—Anda, porfa, sólo cuatro tablones más cerca.

—No, hijo, lo veremos desde aquí.

—Jo, papá, si con la playa es así, ¿dónde nos pondremos para ver los encierros de San Fermín?