¿Raro?

En un tiempo pretérito y bastante indefinido: Yo satisfice, tú satisficiste, él satisfizo, nosotros satisficimos, vosotros satisficisteis y ellos satisficieron.
En un futuro impreciso: yo satisfaré, tú satisfarás, él satisfará, nosotros satisfaremos, vosotros satisfaréis y ellos satisfarán.

Siempre y cuando se dieran las condiciones necesarias: yo satisfaría, tú satisfarías, él satisfaría, nosotros satisfaríamos, vosotros satisfaríais y ellos satisfarían.

Ojalá yo satisfaga, tú satisfagas, él satisfaga, nosotros satisfagamos, vosotros satisfagáis y ellos satisfagan.

Si yo satisficiera o satisficiese, tú satisficieras o satisficieses, él satisficiera o satisficiese puede que nosotros satisficiéramos o satisficiésemos, vosotros satisficierais o satisficieseis y puede que también ellos satisficieran o satisficiesen.

No es que sea raro, es que este verbo lo usamos poco.

 

reedición. Publicado en a2manos 10 Dic de 2005

La Cautela

 

—Papá, ¿y esto es la playa?

—Sí, hijos, hemos venido hasta aquí para que vierais la maravilla que es el mar.

—…

—…

—¿Y no podemos acercarnos un poco más?

—Puede ser peligroso.

—Es que yo no veo nada.  —Yo tampoco. —Yo tampoco.

—Es porque está la marea baja, en cuanto suba podréis verlo.

—¿Tú estás seguro de que se va a ver?

—Claro, he comprobado la tabla de mareas.

—Jo, papá, a mí me gustaría acercarme más.

—Hijo, las briznas de hierba tenemos una capacidad motriz muy limitada, podríamos morir toda la familia.

—Anda, porfa, sólo cuatro tablones más cerca.

—No, hijo, lo veremos desde aquí.

—Jo, papá, si con la playa es así, ¿dónde nos pondremos para ver los encierros de San Fermín?

 

Absolución

Hoy me absuelvo por falta de pruebas.
Y, de paso, me disuelvo en la neblina del cansancio.
Hoy están de puente el juez, el abogado y el fiscal.
La señora de la limpieza y el conserje.
Hace fresco, no se crean.

He puesto el traje de Supermán en el programa caliente
y me ha salido desteñido, encogido.
Vaya mierda de traje de Supermán.

Mañana tendré que salir a cazar malhechores con la malla de rayas.
O en chándal de tactel, que es peor.

Suena el camión de la basura.
Apago las luces.
Me lavo los dientes.
Me meto en la cama.

Miro las estrellas que hace el gotelé en el techo.
No las veo bien sin las gafas.

Como soy ateo, pero muy meticuloso
antes de dormir me encomiendo a las ferreterías,
a las chocolatinas, a las gasolineras abiertas toda la noche,
al redbul que me protege. A los amigos, a los esemeeses,
al sucedáneo del caviar, al tipo que inventó el pelapatatas.
Pero no necesariamente en este orden.

Cierro los ojos y me absuelvo.
No porque crea en mi inocencia,
sino por falta de pruebas.

 

Publicado en a2manos el 18 nov.2005

El Karma

Woody Allen es un misántropo diagnosticado. Aunque probablemente la misantropía sea el chocolate del loro de su expediente clínico: neurosis, fobias, depresión, obsesión, ansiedad… el genio de Brooklyn parece tener el DSM-5 como libro de cabecera. No quiero ni imaginar cuánto se ha dejado este hombre en terapeutas a lo largo de su vida, su psiquiatra debe estar en la lista Forbes. Pero estamos aquí por lo suyo con la gente.

—Doctor, no soporto a la gente, me dan grima, escozores, es algo físico. Y especialmente a los admiradores que me piden autógrafos y quieren hacerse una foto conmigo, a esos no los puedo soportar.

—Verá, se me ha ocurrido una idea. Le vamos a hacer una estatua de bronce y la vamos a poner en la calle, en un sitio concurrido para que todo el mundo que quiera le pueda abrazar… ¿Señor Allen? ¿Señor Allen? Rápido enfermera, llamen a emergencias, le ha dado un ataque.

A los 3 días, en una habitación de hospital.

—Señor Allen, no me dejó usted terminar. No la vamos a poner aquí en Nueva York, ¿qué le parece, por ejemplo, Oviedo?

Y ahí está, ¿lo ven? Los turistas y no tan turistas se hinchan a fotos achuchando a uno de los hombres que menos le gustan los abrazos de desconocidos, tuve que esperar un rato para poder hacerme mi foto con él.

Esto es el karma.

 

 

El mapa del tesoro

En una de las paredes del acantilado que da a la playa de la Mexota, con los pies metidos en la arena y la emoción erizándome los pelos, encuentro este mapa. Las cartografías que te salen en el móvil te pueden llevar a la casa de un amigo o a una gasolinera, pero una cartografía tallada en las paredes desnudas de una playa, con cientos de años de antiguedad, sólo puede ser un mapa del tesoro. Continuar leyendo “El mapa del tesoro”

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