Orfandades

Esta mañana me he topado con estas 3 pinzas de la ropa. Estaban asomadas al tramo de escalera que lleva a mi sótano.

Ocupaban un lugar que no les correspondía y, dado que las capacidades motrices de las pinzas de la ropa son tan limitadas, es poco probable que pudieran volver a su lugar de residencia/trabajo sin ayuda.

Es curioso: con lo bien que agarran las pinzas de la ropa y lo mal que andan.

No es raro encontrarse en mi casa, me da que también en otras casas, objetos huérfanos. Bolígrafos o lapiceros, calcetines, clips, una goma de pelo o unas llaves que nada abren. O unas pilas descargadas. No siempre esas orfandades me recuerdan a las mías, pero esta mañana, un poco, sí.

No suelo sentir empatía por esos pequeños objetos abandonados, no me suelo identificar con ellos, mi me hago cargo de sus sentimientos, ni siquiera me paro a hablar con ellos, no me suele interesar su vida, pero esta mañana, un poco, sí.

Y es que creo que vamos demasiado rápido, sólo le concedemos a nuestros bichitos congéneres humanos 140 caracteres,  No nos hacemos cargo de sus sentimientos (eso requiere tiempo), no nos identificamos con ellos (eso requiere cariño), y no nos paramos a hablar con ellos (eso requiere voluntad). Y vamos por ahí cultivando orfandades, criando ausencias, con las tripas hechas un erial lleno de pantallas OLEOD

Caen en desuso palabras como “magreo“,   “ligar” o “tertulia“, puede haber mayor signo de decadencia.

Cojo las 3 pinzas y las llevo a su cesta para que se relacionen y satisfagan sus anhelos sociales. Una de ellas, la verde, me pide que la deje enganchada a la cuerda, apunta que tiene mejores vistas.

Se lo concedo.

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