Crónicas Islandesas: Día 8 y fin

Si me encariño con mis plantas como no me voy a encariñar con estos tipos, y con esta furgoneta.

La furgoneta a la puerta del hotel

Brandon (Fields, saxo) se está metiendo una ensalada para desayunar tan grande que asustaría a muchas vacas asturianas que conozco. Después de escucharle varias veces decir “I am kiro “ y descartar que se tratase de: a) maestro de artes marciales, b) personaje de un manga… Demonios, lo mismo está diciendo “Keto”, la dieta cetogénica ¡era eso! El hueco que le queda después de la ensalada lo rellena con jamón york, porque chuletón no ponen aquí para desayunar.

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Crónicas Islandesas: Día 7

Domingo. El cuarto y último día de espectáculo tiene una agenda apretada.

A las 11: pruebas de PCR para los americanos (mañana le tocará test de antígenos al español). Vuelta al hotel. A las 12,30: comida en Loki Café. Vuelta al hotel. A las 14,00: grabación en el teatro. Vuelta al hotel. A las 19,45h: salida hacia el Gamla Bio para el espectáculo.

Todo está muy cerca pero, vaya, el día se ha llenado a lo tonto de furgoneta. Me sale furgoneta por las orejas y hace un tiempo asqueroso, pienso en que Fernando Alonso lo tenía peor el pobre, se le rompían los motores y estaba la presión para ganar. Así que acepto el reto con la elegancia y donosura que me salen naturales.

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Crónicas Islandesas: Día 6

El chichón evoluciona favorablemente.

Hoy el cielo luce completamente despejado, no hay viento y el grajo vuela bajo, bajo, no digo más.

Saliendo del hotel hay una cuesta y mientras la recorro, con los andares de Chiquito de la Calzada, pienso qué curioso es que la misma nieve que te lleva al suelo y provoca la contusión puede servir para sanarte. La misma nieve que te hace resbalar y darte un castañazo, amorosamente aplicada en una cataplasma, te alivia. Esta meditación se me antoja una metáfora del equilibrio cósmico, del amor y el dolor, del yin y el yang, me ilumina un fogonazo existencial, y estoy a punto, pero a puntito, de componer un haiku antes de llegar al primer semáforo. Pero el frenazo de un coche hace que se me vaya el santo al cielo. Otra vez será.

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Crónicas Islandesas: Día 5

Una actuación para mí siempre supone un circo hormonal. Un bolo exige mucha concentración, rapidez de reflejos y estar alerta para leer lo que pasa en el escenario y lo que pasa en el público y leer de la propia cabeza o de un papel la música. Dopamina, endorfina, adrenalina corretean por mi cuerpo como si fuera el recreo en el patio de un colegio en el que todos los alumnos son la niña del exorcista. Y cuando se echa el telón y vuelves al hotel es muy difícil meterlas en el redil, no quieren entrar en clase, quedarse quietecitas.

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Crónicas Islandesas: Día 2

Puse la alarma a las 7 pero el iPhone me despertó a las 8.

Bajo a desayunar y ya estaban en ello Geir y los americanos que acababa de traer del aeropuerto: John Depatie (guitarra), Chris Roy (bajo), Don Randi (piano y director musical), Brandon Fields (saxo) y Harry Kim (trompeta). En la época pre Covid había 2 posibilidades, apretón de manos o abrazo, ahora hay 12, esto da mucho juego y es una gran oportunidad para la creatividad.

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Crónicas Islandesas: Día 1

Me levanté a las 3,45 en Madrid y en el momento de escribir esto son las 1,45 en España y las 0,45 en Islandia, así que llevo 22 horas seguidas de aquí para allá. Son muchas horas pero como decía mi abuela sarna con gusto no pica.

Los aviones son un milagro tecnológico, sí, y un despilfarro energético, también. Si no, pregúntale al planeta. Las emisiones de CO2 de mis viajes de hoy, me pregunto a cuántos chuletones de ternera madurada equivaldrán, puestos a tener cargo de conciencia lo mismo la próxima elijo vaca.

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Abrazar

Hablo con una amiga por teléfono y me cuenta que el único concierto que ha disfrutado durante este confinamiento ha sido por streaming. 

–Estaba sola en casa, me puse la televisión, era en un teatro en Alemania, había muy poco público y estaban separados, se les veía moverse, bailar, pero desconectados. A la cuarta canción tuve que quitarlo porque me estaba dando una pena horrible. No sólo por ellos, también por mí. No era capaz de escuchar la música, los pensamientos de un futuro con privación del contacto físico, ese contacto físico frugal, fugaz, improvisado, generoso y locuaz, me aterraban.

Siempre ha habido gente que rehuye los abrazos. Para algunos es algo reflejo, cualquier abrazo interfiere en su espacio personal, son cactus humanos. Otros los reprimen, como aquel que dice que no le gusta el fútbol pero no puede dejar de mirar la televisión, que sí y que no, qué dirán, qué pensarán, me vendrá bien, no, no me viene bien. Esos están disfrutando de la pandemia más que los enfermos de halitosis con las mascarillas.

Pero muchos otros somos abrazólicos, tocones irredentos, sobones… estaremos mermados en lo afectivo desde la cuna o lo que te quieras inventar, maldito noruego, pero somos así y ya está. y no hacemos mal a nadie. (Porque sabemos detectar al cactus humano a kilómetros, quién quiere abrazar a un cactus.)

Me lo ha dicho una amiga por teléfono y ayer otra en un café rápido y con toda la distancia. No echamos tanto de menos la juerga nocturna, o los viajes como anhelamos el simple, puro, sencillo y ancestral abrazo. 

El candelabro y la olla

Hoy se me ha roto un candelabro de cristal.

Intentaba limpiarle la cera adherida por el método de sumergirlo en agua hirviendo y no ha soportado el cambio de temperatura.

Más bien debería decir que no ha soportado la velocidad a la que se ha producido ese cambio de temperatura. Querido y listillo lector, puedes ahorrarte el “ya te lo dije” porque ya me lo dijo Cristina: «ya te lo dije».

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