Orfandades

Esta mañana me he topado con estas 3 pinzas de la ropa. Estaban asomadas al tramo de escalera que lleva a mi sótano.

Ocupaban un lugar que no les correspondía y, dado que las capacidades motrices de las pinzas de la ropa son tan limitadas, es poco probable que pudieran volver a su lugar de residencia/trabajo sin ayuda.

Es curioso: con lo bien que agarran las pinzas de la ropa y lo mal que andan.

No es raro encontrarse en mi casa, me da que también en otras casas, objetos huérfanos. Bolígrafos o lapiceros, calcetines, clips, una goma de pelo o unas llaves que nada abren. O unas pilas descargadas. No siempre esas orfandades me recuerdan a las mías, pero esta mañana, un poco, sí.

No suelo sentir empatía por esos pequeños objetos abandonados, no me suelo identificar con ellos, mi me hago cargo de sus sentimientos, ni siquiera me paro a hablar con ellos, no me suele interesar su vida, pero esta mañana, un poco, sí.

Y es que creo que vamos demasiado rápido, sólo le concedemos a nuestros bichitos congéneres humanos 140 caracteres,  No nos hacemos cargo de sus sentimientos (eso requiere tiempo), no nos identificamos con ellos (eso requiere cariño), y no nos paramos a hablar con ellos (eso requiere voluntad). Y vamos por ahí cultivando orfandades, criando ausencias, con las tripas hechas un erial lleno de pantallas OLEOD

Caen en desuso palabras como “magreo“,   “ligar” o “tertulia“, puede haber mayor signo de decadencia.

Cojo las 3 pinzas y las llevo a su cesta para que se relacionen y satisfagan sus anhelos sociales. Una de ellas, la verde, me pide que la deje enganchada a la cuerda, apunta que tiene mejores vistas.

Se lo concedo.

Menudo escándalo

Siempre me ha llamado la atención lo cotillas que son las flores, asomadas a los balcones para enterarse de todo lo que pasa en la calle.

Ay, qué no sabrán las flores de nuestras vidas. Y qué guapas se ponen para fisgar. Nada de batas de guata, nada de rulos y olor a puchero, con sus mejores galas. Con sus perfumes y sin recato se asoman, conscientes de que todo el mundo las va a mirar, las 24 horas del día, pero a ellas les da igual.

Y toman nota de quién entra y quién sale, quién viene y con quién va.

Un día llega en que el tiempo y el sol las vencen, los pétalos de carne pierden su primor. adelgazan, ya no son flexibles, se les apaga la vida. Sus colores antes boyantes ahora escuetos y leves están.

Sus hojas, que llevan impresos los secretos de la calle en que vivió, son arrancadas por la brisa, y caen al suelo. Suerte que la gente lleve tanta prisa y no se pare a leer las hojas muertas de las flores, si no, menudo escándalo.

 

Flor de geranio cotilleando lo que pasa en una calle de Tetuán

Jardín

Salgo a mi jardín… yo lo llamo jardín como piropo, para darle un refuerzo positivo, pero objetivamente es un descampado desigual de mala tierra donde se impone una anarquía botánica.

Le he dado dos años de libre albedrío en el que mi contribución han sido palabras de aliento y chorros de agua a discreción. Continuar leyendo “Jardín”

Chopin, hierbajos y la Luna

Ayer leo que los amigos, hacer un poco de ejercicio, ser agradecido y expresar las emociones, son herramientas para ser más feliz. Felicidad en el sentido esencial, esa que buscaban los griegos, los neanthertales y el eremita, no la de las canciones pop o Carrefour. Felicidad con mayúsculas, de cuando se inventó la palabra, de antes de la rueda, felicidad intramolecular, no la felicidad de colorines, no la felicidad de comprar cosas. Continuar leyendo “Chopin, hierbajos y la Luna”

Llueve

Tengo la vida como el dormitorio: amplio, buena vista… pero con algunas goteras.

Me gusta que llueva.

Por el olor, por la cadencia, por la luz tamizada… y me gusta porque con ella, con la lluvia, se disimulan mejor las melancolías. “No, no me pasa nada: es el tiempo”.

He estado tres días sin conexión a internet. Una desgracia minúscula, casi una suerte.

Es noche cerrada. Se oye llorar a una mujer en la calle. Varias vecinas nos asomamos abriendo una rendija indecorosa en las cortinas. No veo a la mujer porque las ramas de la acacia la tapan, sí se ve al hombre. Está tranquilo, vuelve al coche obedeciendo las súplicas de ella: “ven conmigo, por favor”. Suben ambos y se van. Vuelve el silencio, se cierra otra vez la noche y las cortinas. No suelen oírse llantos de mujer en esta calle, ni de hombre ni de nada. Lo más un maullido desesperado de un gato salido. Y ladridos de perros y alguna trifulca conyugal: “¡Cómo te atreves a venir así, como una cuba. La próxima duermes en la calle”. Dos casas calle abajo.

No, no pasa nada: es el tiempo.

Reedición: Publicado en a2manos el 15 nov 2005

Biblioteca

Tengo por biblioteca unos cuantos estantes.

No hay muchos libros, la verdad. Hay en cambio un montón de huecos.

Los huecos son de libros que nunca volvieron. También hay huecos de libros que me prestaron y después retorné a su dueño.

Entré los libros que presté y los que me prestaron tengo una extensa biblioteca de huecos. La contemplo de vez en cuando y me deleito en esos libros saboreados, compartidos… y pienso que quizá lo mejor de los libros sean esos espacios, los lugares que un día llenaron, en la estantería, pero sobre todo en nosotros mismos.

Reedición, este post fue publicado en a2manos el 11 de noviembre de 2005