Abrazar

Hablo con una amiga por teléfono y me cuenta que el único concierto que ha disfrutado durante este confinamiento ha sido por streaming. 

–Estaba sola en casa, me puse la televisión, era en un teatro en Alemania, había muy poco público y estaban separados, se les veía moverse, bailar, pero desconectados. A la cuarta canción tuve que quitarlo porque me estaba dando una pena horrible. No sólo por ellos, también por mí. No era capaz de escuchar la música, los pensamientos de un futuro con privación del contacto físico, ese contacto físico frugal, fugaz, improvisado, generoso y locuaz, me aterraban.

Siempre ha habido gente que rehuye los abrazos. Para algunos es algo reflejo, cualquier abrazo interfiere en su espacio personal, son cactus humanos. Otros los reprimen, como aquel que dice que no le gusta el fútbol pero no puede dejar de mirar la televisión, que sí y que no, qué dirán, qué pensarán, me vendrá bien, no, no me viene bien. Esos están disfrutando de la pandemia más que los enfermos de halitosis con las mascarillas.

Pero muchos otros somos abrazólicos, tocones irredentos, sobones… estaremos mermados en lo afectivo desde la cuna o lo que te quieras inventar, maldito noruego, pero somos así y ya está. y no hacemos mal a nadie. (Porque sabemos detectar al cactus humano a kilómetros, quién quiere abrazar a un cactus.)

Me lo ha dicho una amiga por teléfono y ayer otra en un café rápido y con toda la distancia. No echamos tanto de menos la juerga nocturna, o los viajes como anhelamos el simple, puro, sencillo y ancestral abrazo. 

El candelabro y la olla

Hoy se me ha roto un candelabro de cristal.

Intentaba limpiarle la cera adherida por el método de sumergirlo en agua hirviendo y no ha soportado el cambio de temperatura.

Más bien debería decir que no ha soportado la velocidad a la que se ha producido ese cambio de temperatura. Querido y listillo lector, puedes ahorrarte el “ya te lo dije” porque ya me lo dijo Cristina: “ya te lo dije”.

El candelabro era suyo.

El caso es que el susodicho candelabro de cristal pertenecía a un conjunto de 2 idénticos. Y la desgracia mayor no es que se haya roto sino que deja al otro huérfano, y cada día que pase su sola presencia me recordará que maté a su hermano por no perder unos minutos en Youtube comprobando el procedimiento correcto. Sólo por eso estoy tentado de matar al huérfano también, por ejemplo dejándolo caer al suelo, y así acabar de golpe con el martirio de su soledad, y el suplicio silencioso de reproches que me espera. ¿O sería menos alevoso sumergirlo en agua hirviendo? Lo digo por respetar la simetría.

Foto: Rivilla

La segunda cosa que sucede cuando se te rompe un adorno es que te recuerda el momento y el motivo por el que te lo regalaron. El adorno puede guardar silencio y polvo durante años pero en el momento aciago de morir se revela y lanza un grito: “¡Soy de mayo de 1999! Un regalo de boda de la tía Margarita, con la cita: “son de Bohemia, cariño, espero que te gusten”. Y en ese grito del candelabro a la hora de perecer hay un despecho: me habéis tenido aparcado y olvidado pero ¡yo valgo mucho! Y sobre todo: ¡tengo una antigüedad en esta casa! Y una amenaza: mi hermano vengará mi memoria.

Como el candelabro no era mío, yo sólo quería limpiarlo, no sabía nada de esto. Pero Cristina confirma —Era de los buenos, de cristal de Bohemia, debía costar un dinero—. Y añade —Por eso no me gusta tener estas cosas, porque, cuando se rompen o se pierden o te las roban, te sientes mal.

El argumento es irrefutable.

O quizá no. —¿Sientes la pérdida, tenía un valor sentimental? —digo.
—No mucho —contesta.
—¿Pensabas venderlo? —pregunto.
—La verdad es que no —contesta.
—¿Entonces?

Algunas veces sucede que valoramos algunas cosas por lo que valen para los demás, por la cotización que alcanzan en ese peculiar mercado que forman las personas que nos rodean.

Son las 2 de la mañana y aquí estoy yo, en la cama, con los ojos como platos reconstruyendo la historia de ese estúpido candelabro. Tan estúpido que se ha hecho añicos al sumergirlo en una olla de las más baratas de IKEA. —Esa olla, pringado, por cinco cochinos euros aguantará años, y seguirá preparándome guisos, estofados y sopas… pidiendo muy poco a cambio, con humildad. Esa olla no necesita menciones ni reconocimientos, no necesita que la aplauda. Seguirá conmigo años, y años. No como tú. Le iré cogiendo cariño sin que me lo pida. Me costará desprenderme de ella cuando ya esté abollada y vieja. Probablemente el día que me deshaga de ella, cuando la lleve al punto limpio y con culpa y dolor, mucho más de cinco euros de culpa y dolor, por la inflación; cuando la arroje al contenedor oportuno, en su despedida postrera me diga: no te olvides de que yo fui quien te ayudó a matar al candelabro.

Y me habrá tocado el corazoncito en ese instante, la muy ladrona.

5 ventajas y 5 desventajas de cumplir 51

Le veo algunas ventajas a cumplir 51.

Concretamente le veo 5.

  1. Tonterías las justas.
  2. Perspectiva. Sí, decir esto cuando te acabas de hacer unas gafas “de cerca” parece contradictorio, pero no lo es. Cuanto más viejos mejor ves de lejos, hipermétropes todos. Y las ves venir.
  3. Alguna certeza.
    1. Como por ejemplo que la salud es el activo más preciado de nuestra cartera. Que hay que estar atento a ella, no hace falta obsesionarse pero no le faltes al respeto.
    2. Como por ejemplo que no hace falta caerle bien a todo el mundo pero es conveniente caerle bien a un trocito del mundo. Con aquella bandera adolescente de “yo soy así y si no te gusta te jodes” te puedes hacer unos trapos de cocina monísimos a los 51.
  4. El calentamiento global es una cosa terrible, pero… a mi no me va a pillar, me queda menos cuerda que a Venecia.
  5. Las hormonas, sobre todo las sexuales, han sido derrocadas. Tras décadas de mayorías absolutas con periodos de dictadura, ahora están relegadas al banco de la oposición, tienen voz pero poco voto.

También le veo algunas desventajas.

Concretamente le veo 5.

  1. El número de huesos del cuerpo aumenta. O quizá ocurra que dan más el cante: “estoy aquí y duelo, dolería o doleré, leré, leré”
  2. Otra desventaja es un lamento recurrente “Ay, si hubiera sabido esto con 20”. Y duele la lengua de tanto mordérsela para no decirle a los hijos “Te lo dije”.
  3. Sobre el conocimiento en general, es una desgracia que cada año que pasa sea más consciente de todas las cosas que no sé, y que no tendré tiempo de aprender… el número de canciones que nunca conseguiré cantar aumenta a ritmo vertiginoso, los libros que no vas a leer también son más numerosos.
  4. Se soporta peor el calor y se soporta peor el frío. Los termorreguladores del cuerpo se vas descacharrando. Ah, para estoeran todos esos calcetines que has despreciado como regalo de Reyes durante décadas.
  5. Pero la mayor de las desventajas es que la mierda esta de vivir es apasionante, jodidamente divertida, a veces también jodidamente jodida. Mola comerse este helado y da pena pensar que algún día se acabará.

No te lo tomes como algo personal

Si la vida fuese un partido de tenis yo llevaría unos cuantos sets devolviendo pelotas.

No me ha tocado últimamente sacar, ni tomar la iniciativa subiendo a la red, sólo defenderme desde el fondo de la pista.

Los puntos se alargan, los juegos se eternizan y yo me muero de ganas de sentarme en la silla con el calorcito del sol en la cara, mi traguito de bebida isotónica y mi plátano. Perder la vista en la grada, secarme con la toalla, contar los recogepelotas deteniéndome en las piernas más bonitas. Un respiro, denme un respiro.

Pero no.

La vida es un tenista ruso incansable que te hace correr de un extremo al otro, de derecha a izquierda. Y no te deja tiempo para pararte a pensar, botar la pelota, decidir si la mandas aquí o allá, si la liftas o la cortas. La vida tiene una tenacidad de hierro, una determinación inexpugnable, una fortaleza psicológica de acero y una pizca de mala leche.

Es otra la vida que se ve mirando desde la ventana de los 20 años. Edulcorada por la literatura y el cine, embellecida por los fuegos artificiales de las hormonas. Pero de súbito, una mañana, te despiertas dolorido y resulta que es la vida, que te ha pasado por encima como un camión de seis ejes. Maltrecho te levantas y alguien te pone una raqueta en la mano, te da un empujón, y sales a la tierra batida. ¿Batida? más batido estás tú y no ha empezado el partido.

Te acercas al árbitro y le explicas que debe haber un error, que lo tuyo es el cine, él sonríe con cara de “majete, no me cuentes milongas” y toca el silbato que da comienzo al partido. Te acuerdas de lo del “sudor de tu frente” pero nadie te garantiza que después haya pan.

Y pensar que de recién nacido sólo tenías que berrear para que la mujer más maravillosa del mundo llegara y te metiera su teta generosa en la boca y con ella toda la felicidad del mundo.

Mierda, cómo ha cambiado la película.

Decía Leonard Cohen que nos pasamos la vida anhelando el éxito, como si tuviésemos una misión, pero que la vida es fracasar y a lo más que podemos aspirar es a no tomárnoslo como algo personal.

Miedo y Testosterona

El tercer mandamiento dice: Pondrás tu bienestar por encima de todo aunque te digan que eres un capullo.

No, no hay texto sagrado en ninguna religión que incluya un precepto así de egoísta. Se le pueden criticar muchas cosas a las religiones pero no suelen consagrar la codicia.

Si consideramos que las normas divinas eran una forma de poner reglas en la comunidad escritas por un señor a quien le daba vergüenza firmarlas. Incluso aunque creamos que ese señor tenía un trastorno de personalidad consistente en creer que había un ser supremo, todopoderoso e invisible que se comunicaba apenas con él, da igual. Los libros sagrados han vendido más que Harry Potter, nos guste o no, han funcionado durante siglos. Debemos concluir que ese señor escritor no era tonto, y no era mala persona.

Parece que el egoísmo sin freno nunca ha sido considerado un buen punto de partida para la armonía de una sociedad, ni siquiera para la supervivencia de una sociedad. Pero en cambio, hay en el fondo de nuestro cerebro un remanente del repertorio genético de los réptiles que aflora en determinadas circunstancias y que grita: aquí y ahora, yo el primero, que os jodan. La ciencia ya sabe que la testosterona y el miedo abren la puerta a que se desinhiba esa parte reptil de nuestro cerebro. Si ese exabrupto le ocurre a un solo individuo, esporádicamente, no pasa nada, la comunidad lo sabrá gestionar con un par de collejas o un abrazo maternal, pero si se asume como normal, si se extiende como una corriente social, si llega incluso a institucionalizarse estamos bien jodidos. No lo digo yo, lo dice la Historia. Dictadores, caudillos, genocidas y cruzados son la consecuencia, los ha habido, los hay y los habrá.

Nos ha tocado vivir una etapa rara con esto del virus SARS Cov-2. Y se puede oler el miedo. A la enfermedad pero sobre todo a la penuria económica. Y se pueden oler el cabreo, la pataleta, el odio… los musculados manifestantes armados con rifles automáticos delante del capitolio del estado de Michigan son un buen ejemplo. Mala combinación esa de la testosterona y el miedo. Todas las tiranías, todas las épocas más chungas, las páginas más oscuras de la Historia del Homo sapiens llevan la firma doble del miedo y la testosterona. Guerras, matanzas, esclavitud, holocaustos… miedo y testosterona.

No, no hay ningún precepto en ninguna religión ni corriente de pensamiento que consagre el egoísmo a ultranza, y menos aún la violencia. Hay un dictado justo al contrario. Está en el budismo, el confucianismo, el cristianismo, el judaísmo, el taoísmo, está en todas las filosofías hasta llegar al punto de ser considerada la Regla de Oro de la ética. Permitidme que la haya tuneado un poco, siempre ayuda un poco de poesía.

Tratarás al prójimo como te gustaría ser tratado y, llegado el caso, habrás de meterte tu testosterona y tu miedo por donde te quepa.

Los cantos de las sirenas

Cuenta la Odisea que, siguiendo el consejo de Circe, Ulises se hizo amarrar al mástil de su barco para atravesar los dominios de las sirenas.

Todos sabéis que las sirenas son unos seres mitológicos mitad pez mitad mujer.

Por supuesto que primero se probó con la mitad de arriba pez y la de abajo mujer.

—No fastidies, pero si parece una merluza con patas.

Y decidieron dejar el diseño como lo conocemos ahora: de cintura para arriba, mujer, de cintura para abajo, pez. Quizá si se hubiese preguntado a los peces, el resultado habría sido distinto.

Si atendemos a las representaciones gráficas que se han hecho a lo largo de los siglos, las sirenas tienen dos rasgos esenciales a saber: el primero es la singular belleza y el segundo que los mechones de pelo les tapan siempre los pezones. Un tercer rasgo menos conocido, y que por razones obvias no se puede apreciar en la pintura, es que cantan como los ángeles. Las Melodías están tan bien elegidas y el timbre de voz es tan hermoso que los marineros que las escuchaban sentían una imperiosa fuerza de saltar corriendo del barco e ir hacia ellas, con la consecuencia de que morían ahogados. Me pregunto si esa voz melodiosa habría tenido el mismo efecto arrebatador si en el imaginario del marinero medio el modelo de sirena hubiera sido el de mitad superior pescado, mitad inferior doncella, me da que no.

Ulises estaba haciendo el viaje de regreso a Itaca y, con antelación a la etapa de las sirenas, Circe debió decirle a Ulises algo así como: machote, son absolutamente irresistibles, pero, además, tus hombres y tú lleváis muchas semanas de abstinencia. Yo no me arriesgaría.

Y Ulises, que no en vano era requetelisto, tomó la decisión de mandar a los marineros taparse los oídos con cera y atarse él mismo (con los oídos sin tapar) al mástil de su navío. Podría de esta manera, resistir la tentación y satisfacer su curiosidad.

La Odisea cuenta que Ulises sufrió como un perro escuchando los cantos de las sirenas, pero superó la prueba. No dicen nada del priapismo que afligió al héroe durante días aunque nos lo podemos imaginar.

Lucho cada día contra las interrupciones. El ping del teléfono cuando llega un mensaje, el ping de Facebook cuando hay una actualización, el ping del reloj para recordarme una cita, el ping del email, el ping de cada una de las máquinas actualizables… todas mis sirenas cantan lo mismo: ping.

Y luego está esa frase en una noticia que me lleva a wikipedia, y de una entrada en wikipedia a otra y de ahí al infinito y más allá. Ríete tú de las vueltas que dió Ulises por el Mediterráneo queriendo regresar a Itaca.

No es que yo adolezca de un pensamiento vagabundo, cercano al oso que persigue a manotazos mariposas, son las sirenas.

Y sé que esos bucles de mi pensamiento son estériles y tóxicos, pero ahí están. Yo soy yo y mis bucles. Sólo algunas temporadas consigo transmutarme en severa institutriz de mí mismo y como Ulises impertérrito me ato al mástil del navío para no caer en la tentación. El móvil se queda en esos días, apagado, desterrado en otra habitación y así consigo mantener el timón, apuntando hacia mi Ítaca personal.

Salven la conversación

A mis 40 y 10 años, cuarenta y nueve dicen que aparento, entiendo por qué Joaquín Sabina se ponía tan nostálgico al llegar a esa edad. Aunque también es verdad que hizo un testamento autoindulgente, declarándose absuelto y con todas las bendiciones. permítanme los fans esta herejía. De atenuante, precisamente, la edad. Como es sabido, el paso del tiempo trata peor al crápula que al beato.

De la misma forma que se han paralizado los procedimientos judiciales debería haberse parado el procedimiento biológico de cumplir años. Pero no. Súmale a eso que la cuarentena está propiciando digresiones en la linea de pensamiento de cada uno de nosotros. El quien-soy-de-donde-vengo-y-a-donde-voy ha subido 10 puestos en el ranking. Y de esta manera se me está juntando Málaga con Malagón.

Nadie sabe cómo vamos a salir de esta pero nadie quiere que sea retrocediendo a lo de antes. Los oráculos han cerrado por liquidación. Mejor no mirar a las bolsas de valores buscando indicios. Sabemos que lo de antes era mediocre, sobre todo por la desigualdad y la sangría medioambiental, queremos creer que lo podemos hacer mejor. 

Las ballenas que atraviesan el océano están anonadadas por el silencio, el fondo del mar ha ganado mucho con el confinamiento. Los atunes serán más gordos al año que viene, las sardinas también. Los salmones río arriba saltan, pero ahora es de alegría. Los elefantes del zoo miran con sorna al cuidador: ni para ti, ni para mí, ya estamos iguales. Si una mariposa en medio del bosque pudiera analizar la realidad circundante, precisamente hoy, podría llegar a la conclusión de que los senderistas se han extinguido. Nunca ha habido más flores. 

No tengo necesidad de que abra el concesionario, ni la iglesia, ni el estadio, ni el hotel todo incluído, ni el plástico a tutiplén. Salven las ferreterías, las depilaciones, salven las papelerías, las reparaciones y las cervezas al sol. la señora que da abrazos, la paciencia, salven la conversación.  

 

 

 

Orfandades

Esta mañana me he topado con estas 3 pinzas de la ropa. Estaban asomadas al tramo de escalera que lleva a mi sótano.

Ocupaban un lugar que no les correspondía y, dado que las capacidades motrices de las pinzas de la ropa son tan limitadas, es poco probable que pudieran volver a su lugar de residencia/trabajo sin ayuda.

Es curioso: con lo bien que agarran las pinzas de la ropa y lo mal que andan.

No es raro encontrarse en mi casa, me da que también en otras casas, objetos huérfanos. Bolígrafos o lapiceros, calcetines, clips, una goma de pelo o unas llaves que nada abren. O unas pilas descargadas. No siempre esas orfandades me recuerdan a las mías, pero esta mañana, un poco, sí.

No suelo sentir empatía por esos pequeños objetos abandonados, no me suelo identificar con ellos, mi me hago cargo de sus sentimientos, ni siquiera me paro a hablar con ellos, no me suele interesar su vida, pero esta mañana, un poco, sí.

Y es que creo que vamos demasiado rápido, sólo le concedemos a nuestros bichitos congéneres humanos 140 caracteres,  No nos hacemos cargo de sus sentimientos (eso requiere tiempo), no nos identificamos con ellos (eso requiere cariño), y no nos paramos a hablar con ellos (eso requiere voluntad). Y vamos por ahí cultivando orfandades, criando ausencias, con las tripas hechas un erial lleno de pantallas OLEOD

Caen en desuso palabras como “magreo“,   “ligar” o “tertulia“, puede haber mayor signo de decadencia.

Cojo las 3 pinzas y las llevo a su cesta para que se relacionen y satisfagan sus anhelos sociales. Una de ellas, la verde, me pide que la deje enganchada a la cuerda, apunta que tiene mejores vistas.

Se lo concedo.