El mercado

Llego al puesto de la fruta a comprar unos aguacates, una berenjena, dos calabacines y un racimo grande de uvas.

El mercado es una fuente inagotable de sabores y de saberes. No hay día que, cual manojito de perejil, no me traiga de propina algún consejo, alguna buenaventura o una lección de vida, así, a de gratis. Otros van al coach, yo soy más de mercado de abastos.

Hablaba Carmen, la tendera de treintaypocos: carnes duras por la edad, unos genes generosos y bastante gimnasio; y corazón blandito. Hablaba con Don Joaquín, un contable jubilado de los que se hicieron buenas migas con las calculadoras pero fueron barridos por el ordenador, carnes blandas por las 80 primaveras, corazón duro por la misma razón. Que vive en Victor de la Serna en un cuarto con ascensor. Hablaban probablemente de un tercero relacionado con ella, no puedo estar seguro, yo lo pillé de refilón. Y la frutera, con una dignidad que para sí quisieran muchos mariscales de campo llenos de honores y medallas le espetó:

—Y yo para sufrir… va a ser que no.

Diantres, qué alarde de puntería. Me dejó descolocado. Yo no era capaz de retomar la lista de los mandaos y Don Joaquín no tuvo más escapatoria que cambiar de conversación. Vuelvo a casa con la berenjena, los calabacines, las uvas, las uvas, las uvas… algo se me está olvidando y esa frase en la cabeza. Y yo para sufrir… va a ser que no.

Da gusto ir al mercado.

Cuando no escuece, da gusto.

 

 

Publicado en a2manos el 29 diciembre 2008

La Cautela

 

—Papá, ¿y esto es la playa?

—Sí, hijos, hemos venido hasta aquí para que vierais la maravilla que es el mar.

—…

—…

—¿Y no podemos acercarnos un poco más?

—Puede ser peligroso.

—Es que yo no veo nada.  —Yo tampoco. —Yo tampoco.

—Es porque está la marea baja, en cuanto suba podréis verlo.

—¿Tú estás seguro de que se va a ver?

—Claro, he comprobado la tabla de mareas.

—Jo, papá, a mí me gustaría acercarme más.

—Hijo, las briznas de hierba tenemos una capacidad motriz muy limitada, podríamos morir toda la familia.

—Anda, porfa, sólo cuatro tablones más cerca.

—No, hijo, lo veremos desde aquí.

—Jo, papá, si con la playa es así, ¿dónde nos pondremos para ver los encierros de San Fermín?

 

El Karma

Woody Allen es un misántropo diagnosticado. Aunque probablemente la misantropía sea el chocolate del loro de su expediente clínico: neurosis, fobias, depresión, obsesión, ansiedad… el genio de Brooklyn parece tener el DSM-5 como libro de cabecera. No quiero ni imaginar cuánto se ha dejado este hombre en terapeutas a lo largo de su vida, su psiquiatra debe estar en la lista Forbes. Pero estamos aquí por lo suyo con la gente.

—Doctor, no soporto a la gente, me dan grima, escozores, es algo físico. Y especialmente a los admiradores que me piden autógrafos y quieren hacerse una foto conmigo, a esos no los puedo soportar.

—Verá, se me ha ocurrido una idea. Le vamos a hacer una estatua de bronce y la vamos a poner en la calle, en un sitio concurrido para que todo el mundo que quiera le pueda abrazar… ¿Señor Allen? ¿Señor Allen? Rápido enfermera, llamen a emergencias, le ha dado un ataque.

A los 3 días, en una habitación de hospital.

—Señor Allen, no me dejó usted terminar. No la vamos a poner aquí en Nueva York, ¿qué le parece, por ejemplo, Oviedo?

Y ahí está, ¿lo ven? Los turistas y no tan turistas se hinchan a fotos achuchando a uno de los hombres que menos le gustan los abrazos de desconocidos, tuve que esperar un rato para poder hacerme mi foto con él.

Esto es el karma.

 

 

El mapa del tesoro

En una de las paredes del acantilado que da a la playa de la Mexota, con los pies metidos en la arena y la emoción erizándome los pelos, encuentro este mapa. Las cartografías que te salen en el móvil te pueden llevar a la casa de un amigo o a una gasolinera, pero una cartografía tallada en las paredes desnudas de una playa, con cientos de años de antiguedad, sólo puede ser un mapa del tesoro. Continuar leyendo “El mapa del tesoro”

¿Vas o vuelves?

Me encontré con este hombre en Reykjavik.

Le pregunté si volvía a casa o iba a trabajar.

Pero no entendí lo que me dijo, parecía aturdido.

Demasiado Facebook, quizá.

O demasiado invierno

El buen arte no es tanto aquel que nos hace sonreir, eso sería el buen entretenimiento, como aquel que se contagia. El arte bueno es el que te toca, que te cambia una conexión neuronal o dos, que se queda contigo. 

Este hombre, su maleta y su pedrada en la cabeza se vinieron conmigo desde Islandia, y ya hace unos meses de aquello.

Las azafatas se extrañaron un poco pero no protestaron porque había sitio libre en el avión.

De vez en cuando le vuelvo a preguntar si vuelve a casa o está yendo a trabajar.

Pero no alcanzo a entender la respuesta.

Voy a tener que aprender un poco de islandés.