Órganos

Me duele una anatomía incierta, rara.
No me la ubico.
Y por eso estoy tentado algunos días
de decir que no me duele.

Pero me duele.
¡Vaya si me duele!

Dentro del amplificador que forman mis costillas…
entre el bazo y el brazo…
este otro costado…
No sé bien.

Miro hacia atrás y se me pasa.
Será el mover el cuello, el levantar la vista…
Presiento que no estás,
que te has marchado.
Y al presentir me duele una anatomía imprecisa, rara.

Será quizá ese órgano donde cristalizan los abrazos.

 

Publicado en a2manos 30/08/2007

Todos los grises

Camino por Reikiavik con la cámara, la libreta, los ojos de niño ingenuo que se asombra por todo. Alguna vez he viajado con otros ojos y a la vuelta tenía la sensación de que había perdido el tiempo y el dinero, echar en el equipaje ojos de adulto es tontería.

Esta ciudad es un museo erigido al color gris.

Y el director del museo es el propio cielo de la ciudad. Si no eres capaz de diferenciar al menos 20 matices de gris, si eres daltónico para los grises, te va a parecer la ciudad un poco monótona.

Son grises los tejados, las puertas, las ventanas, los coches… pero de repente aparecen las brigadas revolucionarias del color, por sorpresa, aquí y allá, provocando radicales miradas, dando cortes de manga a los pesarosos. No me digas que no te apetece llamar a la puerta de una de esas casas y ver quién sale a abrir. 

No he tenido tiempo de conocer a todos los islandeses.

No porque sean muchos, es que he estado muy poco tiempo.

Pero en la muestra con la que me he topado he encontrado índices elevados de sentido del humor. No sé si era víctima del sesgo de mi propia dicha, o la promesa de la incipiente primavera les tenía sobreexcitados, o que ha dado la casualidad de que era gente que vivía en casas de colores. 

Y la verdad es que me da lo mismo.

Camino por Reikiavik y me quedo con lo que me da la gana, igual que harías .

La Casa Abandonada

No hay nada que me resulte más evocador que una casa abandonada.

Como esta, en medio de la nada islandesa. De repente me asaltan las mil y una historias que nunca sucedieron en ese lugar. Las trifulcas, las pasiones, las soledades y las alegrías que ocurrieron entre esas cuatro paredes. Todos los veranos que se otearon a través de esas ventanas, todos los inviernos que acorralaron a las personas que allí vivieron. Las lunas de cristal, las heridas, las muertes y las vidas., los viernes y los martes, las hambres, las ausencias, las cosas que se preparaban en la cocina. Y otra vez, al alejarme, al seguir mi camino, se van desdibujando esas historias inventadas. Entonces se perfila una certeza: la de que fueron mis propios fantasmas los que ocuparon fugazmente ese escenario, mis trifulcas, mis pasiones, mis soledades mis alegrías, disfrazadas, maquilladas, caricaturizadas. Para contarme algo. Y por qué aparecen mis fantasmas en las casas de los demás, por qué no en la mía. Será que en mis casas vivas los tengo acogotados, y en esas casas moribundas de los caminos se desinhiben. Quizá. 

El caso es que no hay nada que me resulte más evocador que encontrar una casa abandonada. Sí, ya sé lo que estás pensando, que me lo tengo que hacer mirar.

Un día de estos, cuando tenga un rato.