Perder un rato

Viene bien perder un rato de vez en cuando. 

Es bueno para el propio desarrollo, para el crecimiento personal. 

Quizá no mucho rato

En la ropa negra se notan menos las manchas de tinta, lo tengo comprobado.

Tienen la luna más potencia aquí, en medio del campo. No hay farolas arrogantes que le hagan la competencia. Ja, pobres farolas, ¿te imaginas a un mechero fardando delante del Sol? 

Vivo, pienso y escribo mientras los demás habitantes de la casa duermen. Vivo, pienso y escribo que sale caro a la larga sacar los pies del tiesto, montárselo en los márgenes, no dar bola al main stream

Ladran perros a lo lejos y contesta el mío. No están tan lejos los vecinos, apenas un kilómetro. Igual que en las redes de internet se hace: ping, estoy aquí. Y alguien contesta: ping, estoy aquí. Así hace mi perro con los perros vecinos. Pero en vez de ping, es guau.

Hay unas llaves en la mesilla y no sé de qué puerta son. Tengo, entre otras muchas, esa manía: la de no tirar las llaves. Colecciono llaves más allá de lo razonable, me duran más las llaves que las puertas que abrían, incluso que el recuerdo de qué puertas abrían. Como si en algún momento pudiera despertar atado con cadenas y candados y encerrado con varías puertas y me dejaran como sola escapatoria: esta caja de plástico donde las guardo. Como si en algún momento la barrera que me separase de un campo diáfano de trigo verde, de un valle inmenso y feraz, fuera una puerta cerrada a cal y canto.  

Viene bien perder de vez en cuando, volver a la casilla de salida, lanzar otra vez los dados.

Un rato. 

Quizá no tanto rato.

Tú mismo

Está bien buscar el mejor restaurante, el más de moda. Dedicarle un tiempo a elegir los platos, el vino, el maridaje pero, siento decepcionarte: las cenas más memorables ocurrirán con algo improvisado, sentados en el suelo, el ingrediente principal serán las risas y esas no vienen en ningún menú Continuar leyendo «Tú mismo»

El candelabro

Hoy se me ha roto un candelabro de cristal. Estaba limpiándole la cera por el método de sumergirlo en agua hirviendo y al sacarlo no ha resistido el cambio de temperatura y se ha hecho añicos. Me he quedado un poco patidifuso, no me lo esperaba. Cosas de la Física, supongo. Continuar leyendo «El candelabro»

De Dios y las lagartijas

ventanaLos humanos somos unos bichitos muy presuntuosos. Con mucha retórica, mucha labia, encantados de habernos conocido y situarnos a nosotros mismos en todas las cúspides de todas las pirámides posibles. Pero al final somos carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno, como las lagartijas.

Dios debe ser ateo, como yo. Es lógico que sea así. Porque, si no, estaría cayendo en una gran presunción y sería grave defecto que creyera en si mismo como ser superior. No señalaré que resultaría por ende contradictorio, todos sabemos que de contradicciones está Dios lleno.

En cambio las lagartijas son seres tremendamente coherentes. Y tienen la gran ventaja evolutiva que si les cortas la cola les vuelve a salir. En eso, mira tú por dónde, son la envidia de muchos otros animalejos que le tienen gran aprecio a sus colas. No así del geranio común a quien, me consta, se la refanfinfla.

Y llegados a este punto no puedo evitar preguntarme: entre Dios y las lagartijas, geométricamente ¿los humanos nos situamos equidistantes?

75% de agua

75% de aguaDicen que estamos hechos en un 75% de agua, como promedio.

Yo hay días que llego al 80% e incluso al 90%. No tengo una prueba científica pero me lo noto. ¿Quién puede saber mejor que uno mismo cuánta agua es? Continuar leyendo «75% de agua»