Salven la conversación

A mis 40 y 10 años, cuarenta y nueve dicen que aparento, entiendo por qué Joaquín Sabina se ponía tan nostálgico al llegar a esa edad. Aunque también es verdad que hizo un testamento autoindulgente, declarándose absuelto y con todas las bendiciones. permítanme los fans esta herejía. De atenuante, precisamente, la edad. Como es sabido, el paso del tiempo trata peor al crápula que al beato.

De la misma forma que se han paralizado los procedimientos judiciales debería haberse parado el procedimiento biológico de cumplir años. Pero no. Súmale a eso que la cuarentena está propiciando digresiones en la linea de pensamiento de cada uno de nosotros. El quien-soy-de-donde-vengo-y-a-donde-voy ha subido 10 puestos en el ranking. Y de esta manera se me está juntando Málaga con Malagón.

Nadie sabe cómo vamos a salir de esta pero nadie quiere que sea retrocediendo a lo de antes. Los oráculos han cerrado por liquidación. Mejor no mirar a las bolsas de valores buscando indicios. Sabemos que lo de antes era mediocre, sobre todo por la desigualdad y la sangría medioambiental, queremos creer que lo podemos hacer mejor. 

Las ballenas que atraviesan el océano están anonadadas por el silencio, el fondo del mar ha ganado mucho con el confinamiento. Los atunes serán más gordos al año que viene, las sardinas también. Los salmones río arriba saltan, pero ahora es de alegría. Los elefantes del zoo miran con sorna al cuidador: ni para ti, ni para mí, ya estamos iguales. Si una mariposa en medio del bosque pudiera analizar la realidad circundante, precisamente hoy, podría llegar a la conclusión de que los senderistas se han extinguido. Nunca ha habido más flores. 

No tengo necesidad de que abra el concesionario, ni la iglesia, ni el estadio, ni el hotel todo incluído, ni el plástico a tutiplén. Salven las ferreterías, las depilaciones, salven las papelerías, las reparaciones y las cervezas al sol. la señora que da abrazos, la paciencia, salven la conversación.  

 

 

 

Jardín

Salgo a mi jardín… yo lo llamo jardín como piropo, para darle un refuerzo positivo, pero objetivamente es un descampado desigual de mala tierra donde se impone una anarquía botánica.

Le he dado dos años de libre albedrío en el que mi contribución han sido palabras de aliento y chorros de agua a discreción. Continuar leyendo “Jardín”

Chopin, hierbajos y la Luna

Ayer leo que los amigos, hacer un poco de ejercicio, ser agradecido y expresar las emociones, son herramientas para ser más feliz. Felicidad en el sentido esencial, esa que buscaban los griegos, los neanthertales y el eremita, no la de las canciones pop o Carrefour. Felicidad con mayúsculas, de cuando se inventó la palabra, de antes de la rueda, felicidad intramolecular, no la felicidad de colorines, no la felicidad de comprar cosas. Continuar leyendo “Chopin, hierbajos y la Luna”

La Cautela

 

—Papá, ¿y esto es la playa?

—Sí, hijos, hemos venido hasta aquí para que vierais la maravilla que es el mar.

—…

—…

—¿Y no podemos acercarnos un poco más?

—Puede ser peligroso.

—Es que yo no veo nada.  —Yo tampoco. —Yo tampoco.

—Es porque está la marea baja, en cuanto suba podréis verlo.

—¿Tú estás seguro de que se va a ver?

—Claro, he comprobado la tabla de mareas.

—Jo, papá, a mí me gustaría acercarme más.

—Hijo, las briznas de hierba tenemos una capacidad motriz muy limitada, podríamos morir toda la familia.

—Anda, porfa, sólo cuatro tablones más cerca.

—No, hijo, lo veremos desde aquí.

—Jo, papá, si con la playa es así, ¿dónde nos pondremos para ver los encierros de San Fermín?

 

El mapa del tesoro

En una de las paredes del acantilado que da a la playa de la Mexota, con los pies metidos en la arena y la emoción erizándome los pelos, encuentro este mapa. Las cartografías que te salen en el móvil te pueden llevar a la casa de un amigo o a una gasolinera, pero una cartografía tallada en las paredes desnudas de una playa, con cientos de años de antiguedad, sólo puede ser un mapa del tesoro. Continuar leyendo “El mapa del tesoro”

Perder un rato

Viene bien perder un rato de vez en cuando. 

Es bueno para el propio desarrollo, para el crecimiento personal. 

Quizá no mucho rato

En la ropa negra se notan menos las manchas de tinta, lo tengo comprobado.

Tienen la luna más potencia aquí, en medio del campo. No hay farolas arrogantes que le hagan la competencia. Ja, pobres farolas, ¿te imaginas a un mechero fardando delante del Sol? 

Vivo, pienso y escribo mientras los demás habitantes de la casa duermen. Vivo, pienso y escribo que sale caro a la larga sacar los pies del tiesto, montárselo en los márgenes, no dar bola al main stream

Ladran perros a lo lejos y contesta el mío. No están tan lejos los vecinos, apenas un kilómetro. Igual que en las redes de internet se hace: ping, estoy aquí. Y alguien contesta: ping, estoy aquí. Así hace mi perro con los perros vecinos. Pero en vez de ping, es guau.

Hay unas llaves en la mesilla y no sé de qué puerta son. Tengo, entre otras muchas, esa manía: la de no tirar las llaves. Colecciono llaves más allá de lo razonable, me duran más las llaves que las puertas que abrían, incluso que el recuerdo de qué puertas abrían. Como si en algún momento pudiera despertar atado con cadenas y candados y encerrado con varías puertas y me dejaran como sola escapatoria: esta caja de plástico donde las guardo. Como si en algún momento la barrera que me separase de un campo diáfano de trigo verde, de un valle inmenso y feraz, fuera una puerta cerrada a cal y canto.  

Viene bien perder de vez en cuando, volver a la casilla de salida, lanzar otra vez los dados.

Un rato. 

Quizá no tanto rato.